Esteban Mantilla Tarazona, un pintor de su tiempo. 

 

 

 

Luego de ver la discusión entre el artista Robert Rauschenberg y el dealer Robert Scull en el documental La maldición de la Mona Lisa quedaba clara la tesis de Robert Hughes sobre el inicio de la especulación bursátil alrededor del arte contemporáneo y su impacto permanente en las obras y sus creadores. La visita de la obra de Leonardo a Norteamérica coincidió con el final de la serie de Combines (Cosechadoras) de Rauschenberg que se constituyeron en el símbolo de su potencia creativa. Estas correspondían, en su mayoría, a imágenes de gran tamaño resueltas con distintas capas de pintura, de dibujo, de fotografía y de objetos encontrados, con referencias dobles al mundo del arte y al mundo real. Su trabajo nos habla de la libertad, de estar en un contexto y en una situación en la que el arte y la vida se pueden comunicar a través de materias pictóricas fijadas por el gesto liberado del pintor. Nunca contó con el favor de la crítica del momento porque no podía ubicarse en el horizonte de comprensión de los teóricos de aquellas décadas, que insistían en un arte cada vez más puro y más plano. Esa perspectiva restringida de los 60s, en mayor medida, se reveló en su "esencia pictórica" en el minimalismo neoyorquino. Rauschenberg, por el contrario, trabajó desde la narrativa visual, la memoria y, sobre todo, desde la impureza. Nuestra experiencia del mundo y del arte, insistía él, “nunca es pura y no puede serlo”.

 

Por coincidencia, esa impureza sumada a una terca evasión de la modernidad es una de las características problemáticas en nuestro arte de montaña. Esa pequeña liga de pintores asociados por la procedencia, por el origen, con estas bravas tierras agrestes y empinadas que conforman la zona andina de Santander. Este fenómeno incluye a múltiples generaciones, del siglo 20 y del 21, que han suscrito una reivindicación del oficio por encima de cualquier otro enfoque posible. Es decir, una pintura que anuló casi completamente cualquier posibilidad para el arte al amordazar las pocas voces disidentes y trazar un perfil del que difícilmente puede escaparse. Paisajes, retratos y estampas postmodernas que a falta de un registro alterno nos obligan a aceptar estas imágenes como nuestro patrimonio.

 

En la última década, sin embargo, concurren diversas circunstancias para darle paso a una nueva generación de practicantes artísticos que presentan, al menos, nuevas formas y medios de comunicar su interés por la indagación en la actualidad del arte y por enaltecer las ideas y las expresiones sobre las materias y las técnicas de otros siglos. Acciones, relaciones e investigaciones se han tomado un pequeño lugar en medio de las tradiciones. Algunos sin abandonar su comodidad local y otros retornando luego de la escuela, del trabajo o de la vida se han ido reuniendo sin proponérselo alrededor de esta nueva oportunidad de cambio, de relevo.

 

Y justo en este momento podemos encontrar a Esteban Mantilla. Su trabajo puede relacionarse con la búsqueda de un espacio de acción, desde la pintura. Marcado por el pulso de la calle, el aerosol, el collage, el pastiche, la edición digital, los objetos encontrados y su propia imagen, expresa con sus coloridos materiales una voz que se escapa de la tradición, de las terquedades endogámicas. Nos ha demostrado desde sus primeros trabajos que es una criatura de instinto; formado, a pesar de ello, en la academia, en donde a veces lo que persiste vale más que lo aprendido. En su pintura la mancha se presenta como chorrete accidental o un goteo casual que contamina la objetividad del color directo. Con elementos del foto-collage digital, la impresión láser, la tipografía y las retículas que recuerdan las líneas de las siluetas de la ciudad, los trazos del pincel instalan conexiones que componen un ritmo que se contrapone a la carga específica que arroja la lata de aerosol. Porque el mismo acto de pintar da cuenta de la combinación de los métodos clandestinos usados en el andén y en los muros de los no- lugares que mutan cuando las urbes gentrifican sus centros.

 

Hay un lado salvaje en su pintura y por ello mismo inocente, que se refugia en la materia fijada en el trazo. Los dos rasgos se articulan, se complementan, porque son canales expresivos de la misma persona. La inocencia, por un lado, acumula objetos de un mundo personal en el que el rompecabezas se arma cuando se combinan las reliquias con los objetos que se encuentran abandonados al margen como residuos: latas, tapas, inflables, ropa o la carcasa de un televisor. La presencia de las cosas que tienen una vida útil hasta que se consumen y perecen de forma rápida es, en cambio, una forma de redención para las bestias pintadas, una pequeña resurrección, un recordatorio de la fragilidad y la persistencia de la vida.

 

La obra de Mantilla Tarazona parece escapar por completo del aparato académico y de la evasión que decora, extensamente los interiores de la ciudad, sin renovarse ni dialogar con lo próximo. Su trabajo no pretende la observación de la pulsión como un análisis, por el contrario parece un testimonio de las calles y sus habitantes, especialmente nocturnos. El viaje de sus cuadros no termina en Bucaramanga o Bogotá porque se extiende a contracorriente como la música rebelde que emite un dispositivo personal durante un vuelo transcontinental. Puede ser pretencioso relacionar su trabajo emergente con la potencia estética y espiritual del ya fallecido pintor texano que incluimos al inicio de este texto, pero Esteban Mantilla se atreve. Así que en medio de sus pequeños y grandes formatos, sus composiciones eclécticas y sus grafismos delirantes su pintura reclama la atención y nos propone gritar aunque nuestro grito se ahogue en medio del concreto y el cercano ruido de los carros.

 

 

 

                                                                                                                                                                                                     Alberto Borja.

“Creo que los animales ven en el hombre un ser igual a ellos que ha perdido de forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe, al animal que llora, al animal infeliz.”

 

Friedrich Nietzsche

 

 

Amanecer, despertar, preparar café, lanzarse al abismo como quien traza en el aire una silueta, una figura que lo salve de la muerte. Rugir, arrancarnos los colmillos, enternecernos ante cada nuevo atardecer. Escribo como un niño que llora, como un animal enjaulado que devora las razones que tiene para llorar. Vuelo y soy libre y el mundo es mi selva. Hay en cada hombre un animal encerrado en una prisión, pero también hay una puerta: si la entreabrimos, el animal se precipita fuera, escapa encontrando su camino; entonces, y, provisionalmente, muere el hombre; la bestia se conduce como bestia, sin ningún cuidado de provocar la admiración poética de la muerte. George Bataille escribió alguna vez que el trabajo del artista es profundizar siempre el misterio, eso que somos más allá de nuestra naturaleza, siempre dispuesta a la mansedumbre y a la obediencia. En “Animales Peligrosos” Mantilla nos abre la puerta a esa ignota jungla por la que deambula el alma humana, sus obras abren un agujero en nuestras jaulas para que huyamos furiosos a encontrarnos con nosotros mismos. Esta es la grieta o desbordamiento donde se introduce el arte. Aquí, en esa presencia furtiva y en ese espesor sangriento de estos dos nuevos artistas, podemos advertir que la misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla, destruirla. Reír, preparar más café, abrir las ventanas, apagar la música, dormir, soñar, morder el polvo. El animal salvaje, pues, descansa, domestica al hombre, amansa al miedo, escritura una acción y la talla sobre las montañas, funda la belleza en el diente que se hinca, en la mano que es mordida, en la monstruosidad del niño que llora y que regresa a su jaula a ser amamantado por la muerte. Mañana será otro día, otro cuadro, el animal libre pertenece ahora al mundo, a esa geografía extraña de eso que siempre hemos querido ser.

 

                                                                                                                                                                                                             John F. Galindo

He sido sensible a la intervención de lo real, a la fotografía, a los gestos, al blanco, al negro, a más color. He visto, con cierta intermitencia sin embargo de principio a fin, el papel preciso que cada uno de ellos desempeña.

 

Me he detenido ante lo asombroso que es intentar escapar a la inexorabilidad del tiempo, a lo remoto, a lo que estuvo lejos y que ahora está cerca, a lo distante, a lo distinto; a la afirmación en hechos y presencia de lo que se ve allí: la interpretación de la realidad a través de las relaciones que ofrecen las imágenes, las texturas, los materiales, las proporciones, la elección de los mismos que tienen los artistas.

A ese trabajo humano de tratar de fijar las apariencias de un ser para arrimarlo a la vida.

 

Me he divertido ante la diversidad de sensaciones que me produce un arte que sabe renovarse, que a eso juega, a vencer ese temor de recurrir a técnicas desmesuradas que, en efecto, descubren un mundo de acontecimientos que tienen su propio estilo.

Pensé que en eso de saber renovarse, los artistas dan muestra de ensamblar diferentes formas, recursos, para formar una. Así, entonces, frente a las imágenes de (nombre de la exhibición), me he emocionado al ver, entre muchas otras cosas, esa tendencia favorita a desvanecer la distinción lógica entre lo imaginario y lo real, que suelta la imagen a un destino autónomo.

Maria Camila Manrique